Familia Gabrielista - Madrid-La Aguilera
Anécdota de Pedro Muñoz Seca.
S. Gómez
El ilustre gaditano Pedro Muñoz Seca fue asesinado en Paracuellos del Jarama el 28 de noviembre de 1936. Ahora
junto con otros presuntos mártires, va camino de ser elevado a los altares.
Pero siempre fue un hombre de buen humor, humor que transmitía a todos los que le rodeaban.
Recordamos de él algunas obras como La venganza de don Mendo, o aquella otra que la Galería Salesiana había
transformado y que los estudiantes representaban en los teatros de Castillo y de Caldetas: La Oca (Libre Asociación
de Obreros Cansados y Aburridos) obra que hacía una crítica del comunismo.
En la vida de Pedro Muñoz Seca, la fe y el humor eran puntos esenciales y complementarios. Que se lo digan al obispo
de Madrid en otra de las anécdotas que han pasado a la historia. El escritor tenía desde sus primeros años en la capital
en gran estima a un matrimonio que trabajaban como porteros en el edificio en el que vivía. La mujer falleció y poco
después también el marido. El hijo se dirigió a Muñoz Seca para que le redactara un epitafio para honrar la memoria de
sus padres. Y el dramaturgo desde lo más hondo de su corazón por el afecto que profesaba a este matrimonio escribió:
Fue tan grande su bondad,
tal su generosidad
y la virtud de los dos
que están, con seguridad,
en el cielo, junto a Dios.
Poco después Muñoz Seca recibió una carta del arzobispado en el que le
pedían que cambiara los versos puesto que nadie podía afirmar de manera
tan categórica que este matrimonio estaba ya en el cielo. Por tanto, rehízo el
escrito y lo volvió a mandar. Y esto es lo que escribió:
Fueron muy juntos los dos,
el uno del otro en pos,
donde va siempre el que muere,
pero no están junto a Dios
porque el obispo no quiere.
Evidentemente recibió una nueva carta de la Curia diocesana en la que le recriminaban la burla y le pedían una
rectificación pues decían que no dependía del obispo que el matrimonio fuera al cielo o no. Así que obedeciendo,
Pedro remató la faena de esta manera y el arzobispado ya ni se molestó en volver a escribirle:
Vagando sus almas van,
por el éter, débilmente.
sin saber qué es lo que harán,
porque, desgraciadamente,
ni Dios sabe dónde están.